
**En México, “el Coco” es una figura con la que históricamente se ha asustado a niñas y niños: un monstruo imaginario, una amenaza difusa, un miedo heredado para disciplinar. Pero hay momentos en que la realidad supera al cuento, a la leyenda y al espanto inventado.También conocido en Latinoamérica como “Cuco”, “Cucuy”, etc.
por Marco Antonio Toh Euán.
No debería darnos miedo hacer cosas normales. Ir a la escuela. Salir a buscar trabajo. Visitar un sitio arqueológico un fin de semana. Esperar que alguien vuelva. Y, sin embargo, ahí están Michoacán, Teotihuacán y Edith recordándonos que el miedo no es una exageración ni una moda reciente: es una realidad que se nos ha ido metiendo en la rutina, al grado de que a veces ya ni sabemos si vivimos alerta, cansadas y cansados, o simplemente resignados. En Michoacán, un adolescente asesinó a dos integrantes del personal escolar; en Teotihuacán, una visita terminó en balacera; Edith salió a buscar trabajo y no regresó. No son hechos aislados. Son grietas de una misma fractura social.
Pero el problema no es solo el miedo. El problema es lo que hacemos con él. O peor: lo que dejamos de hacer. Porque una cosa es sentir miedo y otra muy distinta es acostumbrarnos a vivir con él como si fuera parte natural del paisaje. Como si fuera normal revisar el celular para ver si ya contestaron. Como si fuera normal pensar dos veces antes de salir. Como si fuera normal dejar a una niña o un niño en la escuela con esa angustia silenciosa de “ojalá todo esté bien”. Como si fuera normal seguir nombrando tragedias y luego volver a la rutina sin preguntarnos qué nos está pasando como sociedad.
Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué es este miedo? ¿Es prudencia? ¿Es trauma colectivo? ¿Es cansancio social? ¿Es odio a la otredad? ¿Es la normalización de la crueldad? Probablemente es un poco de todo. Porque cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, deja de verla solo como excepción y empieza a administrarla como si fuera parte de la vida. Ahí es donde la escuela deja de ser solo escuela, el trabajo deja de ser solo trabajo y el espacio público deja de ser solo espacio público. Todo se contamina. Todo se vuelve territorio de incertidumbre. Y en medio quedan niñas, niños y adolescentes aprendiendo, no solo matemáticas o historia, sino también miedo, silencio, dureza, desconfianza y formas muy precoces de sobrevivencia.
Por eso este tema no puede reducirse a “hay que cuidar más” o “faltan valores” o “las familias deben estar pendientes” o “el gobierno debería hacer algo”. Eso es demasiado fácil. Y también demasiado cómodo. Lo que tenemos enfrente no es un problema doméstico ni una falla individual. Es una crisis de cuidado, de sentido, de comunidad y de responsabilidad colectiva. Y si es colectiva, entonces también exige herramientas colectivas, no respuestas improvisadas ni discursos vacíos.
Ahí es donde entra la perspectiva de género. Y conviene decirlo sin rodeos: no porque esté de moda, no porque sea una palabra elegante, no porque sirva para llenar documentos. Sirve porque ayuda a mirar cómo se construye la violencia, cómo se enseña la crueldad, cómo se premia la dureza, cómo se ridiculiza la ternura, cómo se castiga la diferencia y cómo se forman masculinidades atravesadas por el mandato de dominio, control y silencio emocional (incels). Hablar de perspectiva de género —no “ideología de género”— no es ideologizar la vida escolar o comunitaria; es entender de dónde vienen muchas violencias que después fingimos no comprender.
Y ahí también entra el interés superior de la infancia. No como consigna, sino como criterio real. Porque si de verdad colocáramos al centro el interés superior de la infancia, muchas decisiones cambiarían: la manera de escuchar, de prevenir, de intervenir, de sancionar, de acompañar y de diseñar entornos seguros. No basta con decir que niñas, niños y adolescentes “son el futuro”. Esa frase ya casi no dice nada. Lo que importa es si hoy estamos creando condiciones para que vivan con dignidad, con seguridad, con participación, con libertad de expresión y con redes adultas que sepan ver a tiempo lo que está pasando.
Y junto a ello está el enfoque de derechos humanos e inclusión. Que tampoco es un adorno técnico. Sirve para recordarnos algo básico y poderoso: nadie debería quedar fuera del cuidado, nadie debería ser empujado al margen, nadie debería cargar en soledad con discriminación, exclusión, estigma, violencia o abandono. Porque muchas veces el daño no aparece solo en el golpe visible o en la tragedia mediática; aparece mucho antes, en la burla cotidiana, en el rechazo, en la exclusión del grupo, en la falta de escucha, en el castigo humillante, en la indiferencia institucional, en la idea de que ciertas vidas importan menos o de que ciertos dolores siempre pueden esperar.
Y entonces llegamos a la salud mental. Esa dimensión que casi siempre dejamos al final, como si fuera asunto de otra persona, de otro momento, de otro presupuesto o de otra oficina. Pero la salud mental no está en la periferia del problema: está en el centro. No para usarla como excusa, no para borrar a las víctimas, no para romantizar el dolor, sino para entender que una sociedad que acumula miedo, odio, exclusión, violencias y abandono, también produce sufrimiento psíquico, aislamiento, desesperanza y respuestas destructivas. La salud mental no reemplaza la conversación sobre seguridad, justicia o prevención; la completa. Y si seguimos tratándola como tema secundario, seguiremos llegando tarde.
Ya no es asustar a la niñez con el Coco. Ya no estamos hablando de un monstruo inventado para que nadie se levante de la cama o se porte “bien”. El problema es mucho más duro: la violencia, la exclusión, la crueldad y el abandono ya no viven en el cuento ni en la leyenda. Viven entre nosotras y nosotros. Se nos metieron a la escuela, al trabajo, a la calle y a la conversación pública. Por eso insistir en que todo esto es ajeno, exagerado o excepcional no solo es un error: también es una forma de seguir posponiendo la responsabilidad.
Porque sí: hoy ya contamos con marcos, enfoques y experiencias suficientes para hacer algo distinto. Podemos abrir conversaciones más honestas en casa. Podemos revisar lo que la escuela normaliza y lo que calla. Podemos formar a docentes, directivos, empresas, instituciones y comunidades en prevención, inclusión, cultura de paz, salud mental y derechos de infancia. Podemos dejar de esperar a que el dolor estalle para empezar a atenderlo. No se trata de descubrir el hilo negro. Se trata de tener la seriedad ética para dejar de fingir que no vemos lo que ya está enfrente.
Hablar de esto abruma, sí. Pero también puede dar un poco de paz: la paz de nombrarlo, de compartirlo, de dejar de cargarlo en silencio y de empezar a tomar acciones. No para vivir con más miedo. Justo al revés: para dejar de aceptar como normal lo que nunca debió parecernos normal.




Es totalmente cierto que los acontecimientos cada vez nos rebasan al grado tal de abrumarnos y desilusionarnos por la sociedad en la que nos hemos convertido, afortunadamente no todo está perdido si cada vez nos sumamos a crear espacios para todos, desde el mas chiquito hasta el más grandote, donde no callemos, donde trabajemos y fomentemos la prevención, la inclusión, en hacer actividades que ayuden a una cultura de paz, con la familia, con los amigos, en la escuela, en las redes, una cultura donde la salud mental sea una prioridad y normalicemos el estar bien y no callar.